Para nadie es un secreto que la tragedia ajena vende, en eso reside el secreto de éxito para varios contenidos como los realities de supervivencia o los canales dedicados al “true Crime” en la actualidad y han dado vida a las épicas, dramas y hasta comedias que nos han acompañado durante la historia de la humanidad.    

No pretendo satanizar este tipo de historias ni quienes las consumen, es más, como productora,  estamos desarrollando varios proyectos de no ficción como Denominación de Origen, que transcurre en el Pacífico; series true crime que exploran un par de los casos más dolorosos en cuanto a feminicidios sucedidos en Colombia y Realities de supervivencia ciudadana, viajes y comida. 

Mi intención aquí es desvelar, para mí misma, de donde nace esa fascinación por el drama humano en las historias. Hay algo de identificación, sufrimos y nos alegramos ante el camino que se labra el protagonista o el personaje que más nos llama la atención. Vivimos la pesadilla o la aventura que no existe en nuestra propia realidad. 

Gracias a mi formación como realizadora y mi labor de evaluar contenidos para Studio AYMAC, he repasado muchas historias; estoy de acuerdo que si no existe una meta, un gran problema, o los personajes no se encuentran en un momento de inflexión en sus vidas, es mucho menos divertido de ver y menos emocionante lo que sucede. Es por eso que las parejas en las comedias románticas e historias de amor del cine en su mayoría son poco sanas, sobre todo cuando el eje de lo que nos cuentan es la relación y no alguna realidad que los rodea.  Se requiere de ese obstáculo y muchas veces son los mismos personajes y sus relaciones disfuncionales, el gran problema a superar.

Ahora, aunque queda claro que sin importar el género, nos gusta ver personajes que enfrentan dificultades, se ha convertido en una salida fácil, recurrir a historias de la miseria para capitalizar el morbo que despierta en todos nosotros la vida de los más desafortunados.  Esto no sería un problema si en realidad buscáramos en esas historias algo más que explotar el sufrimiento de quien lo vive, pero lamentablemente, a medida que se hizo negocio mostrar al público extranjero las condiciones más lamentables de la vida nacional, la pornomiseria se convirtió en uno de los principales productos de exportación de la cinematografía colombiana, no importa si se trata de una ficción o de documental. 

Aunque existen creadores que han producido contenido audiovisual que hace referencia a otras facetas de la vida nacional, es triste ver como la mayor parte del apoyo económico se va a historias que van a lo seguro, mostrándole al público europeo, principalmente a través de festivales de cine, la Suramérica deprimente y miserable que se imaginan: un tercer mundo donde no se puede ser feliz ni triunfar a menos que sea emigrando o vendiendo coca, corrijo, el inmigrante no será feliz,  sufrirá todo lo que no está escrito en tierras lejanas, solo el Narco tiene ese derecho, hasta que lo matan.  

La realidad es que gracias a esto existe una imagen que iguala en la miseria a todos los países que no hacen parte del primer mundo. Además, muestran una vida en la escasez (no digo pobreza) en la que nadie puede ser feliz. Personajes que no están contentos con lo que son y con lo que viven, algo que por experiencia, a través de los viajes que he hecho y las personas que he conocido, resulta no ser tan cierto y que ha llevado a endiosar a esos que consiguen dinero, sin importar como, ya que es la única puerta que se nos muestra como salida de esa realidad aterradora.

Me parece que cuando se visita a poblaciones diferentes, conocemos su forma de vivir y queremos ser empáticos desde nuestras expectativas de vida, sin escuchar lo que esas personas nos tratan de compartir, mirando con lástima las cosas que para ellos son importantes, igualamos sus sueños y necesidades a las nuestras y no somos capaces de salirnos de ahí, juzgando como debe sentirse y de que debe avergonzarse un personaje.  

Hace poco siguiendo el caso de asesinato más mediático de este año en España, donde la víctima era un colombiano, más allá de aterrarme lo escabroso del caso, me ha aterrado ver la forma en que nos ven desde fuera, no diré todos, pero sí el público que nos conoce por las novelas: “Si ese hombre tenía dinero es porque seguro es narco”, “seguro como cirujano era una chapuza porque que se puede esperar de él”, “seguro tenía que ver con los carteles y fueron ellos lo que lo mataron, quieren culpar a un inocente” (misma excusa que el presunto asesino de Valentina Trespalacios quiso usar para salir impune).  

Por décadas hemos saciado la necesidad de sentirse más civilizados, pacíficos e importantes a quienes desde fuera observan con superioridad el sufrimiento del anciano, el niño, la mujer abandonada, de quienes viven enajenados de la realidad, consumiendo sustancias psicoactivas, de la prostituta que usa su cuerpo para mantenerse y de manera irónica, observando con admiración a las Narcos y asesinos que habitan nuestras tierras. Mostrando la alegría como un bien exclusivo de los adinerados y los dramas como el maltrato físico y las ansias por dinero como exclusivo de los “pobres”.

No quiero romantizar la pobreza, ni inventar una bondad y una vida idílica para los que viven con poco, solo busco que nos abramos a aceptar otras voces. Es innecesario ocultar la realidad para hablar con respeto de los seres humanos, su vida y decisiones.

Desde aquí, quiero hablar con admiración por todos los que escriben historias que se salen del marco en que se busca encasillar a los realizadores de cine latinoamericano. Ese que dicta que existen colores, temáticas y formas de crear específicamente colombianas o del país que sea; como si el contar que en estas tierras viven personas con dinero legal que hacen parte de los más adinerados del mundo, fuera una fantasía; que hay migrantes legales que llegan a otros países y su drama personal no consiste en escapar de la policía y ejercen libremente sus carreras sin vivir como marginados; que además hay personas que son exitosas en su profesión y no les interesa para nada irse a vivir a otro lugar y que la prostituta y el drogadicto pueden tener en su vida cosas por la que se sienten orgullosos.

La realidad golpea, sí, pero no es nuestro deber cambiar la mentalidad de las personas que encuentran su vida satisfactoria, aunque sus condiciones no nos lo parezcan a nosotros. Vivimos tan ocupados pensando en lo triste de la vida de un niño que no lleva zapatos en África, que ni siquiera se nos cruza por la cabeza, que en realidad puede que no los necesite o no los quiera.

Quiero cerrar, diciendo que espero ver en el futuro mayor variedad en el contenido que es apoyado por el gobierno a partir de nuestros impuestos, que cuando hablemos de inclusión se refiera también a incluir otras realidades, para que se vea y podamos agregar a la memoria colectiva más historias de esas que no patinan en el mismo problema y menos imponiendo nuestra visión de la mejor forma de vivir a todos, juzgando a quien encuentra confort y alegría aun con carencias. 

Como sociedad tenemos muchas formas de vivir, problemas y mentalidades. Será un avance en el camino correcto, cuando se pueda reflejar en las pantallas esas otras Colombia que se ocultan tras la tristeza de la pornomiseria.

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