Asistir al Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICCI) permite observar con claridad un fenómeno que rara vez se aborda de forma directa en la conversación pública del sector audiovisual. Más allá de la programación o de los espacios de encuentro, lo que emerge es el estado real de los proyectos que buscan avanzar dentro del ecosistema.

Durante años, el crecimiento del sector se ha explicado a partir de una idea que hoy parece incuestionable: la democratización del acceso. La proliferación de herramientas, incentivos, plataformas y mecanismos de financiación ha ampliado las posibilidades de entrada y ha transformado las condiciones de producción.

Sin embargo, ese aumento en el acceso no ha estado necesariamente acompañado por un fortalecimiento en la base de los proyectos.

El acceso dejó de ser el filtro. El criterio pasó a serlo.

ANTES
Acceso
Herramientas, dinero
El filtro principal
Recursos
Equipos, financiamiento
Se resuelve con dinero
Producción
Capacidad de crear
Se podía conseguir
HOY CAMBIÓ
El criterio pasó a ser lo determinante
No se trata de quién puede acceder. Se trata de quién sabe por qué produce.

El problema visible en FICCI

En la práctica, esto ha permitido que un mayor número de iniciativas avance sin haber resuelto aspectos fundamentales relacionados con su definición, su viabilidad y su proyección en el tiempo. En escenarios como FICCI, esta situación se vuelve particularmente visible: proyectos con incentivos aprobados, equipos conformados o interés institucional que, sin embargo, enfrentan dificultades cuando la conversación exige decisiones concretas sobre su modelo, su alcance o su sostenibilidad.

En muchos casos, estas iniciativas continúan ajustándose en función de convocatorias, plataformas o tendencias percibidas, sin consolidar una propuesta clara que pueda sostenerse más allá de esas condiciones.

Este comportamiento, que suele justificarse como exploración o flexibilidad, responde con frecuencia a la ausencia de definiciones estructurales. Se explora sin un propósito claro, se ajusta sin una dirección definida y se produce sin una base que permita proyectar el desarrollo del proyecto en el tiempo. Como resultado, el ecosistema comienza a concentrar un volumen creciente de iniciativas que avanzan en etapas iniciales, pero que no logran consolidarse.

El problema ya no es la falta de producción, sino la sobreproducción sin criterios suficientes. 

Claridad interna como base

En este escenario, la adaptación constante a tendencias o a requisitos externos no fortalece los proyectos. Por el contrario, los vuelve dependientes de variables cambiantes y reduce su capacidad de sostener una identidad propia.

La construcción de un proyecto no puede basarse exclusivamente en responder a lo que el entorno demanda en cada momento. Requiere un nivel de claridad interna que le permita interactuar con ese entorno sin perder coherencia. Implica definir límites, tomar decisiones y establecer una dirección que no dependa de ajustes permanentes.

Desde esta perspectiva, la financiación no actúa como punto de partida, sino como consecuencia. No apalanca procesos indefinidos, sino estructuras que ya han sido pensadas, delimitadas y asumidas.

Por esta razón, el debate actual sobre plataformas, formatos o modelos de distribución resulta insuficiente para explicar los retos del sector.

EL PUNTO CRÍTICO

No está en el acceso. Está en la capacidad de decidir qué se está construyendo, bajo qué lógica y con qué posibilidades reales de sostenibilidad.

En un entorno donde las barreras de entrada se han reducido, la diferencia ya no la marca quién puede producir, sino quién logra construir proyectos capaces de sostenerse más allá de su punto de partida.

EL RIESGO REAL , NO ES PRODUCIR MÁS, ES PRODUCIR SIN SABER POR QUÉ DEBERÍA PRODUCIRSE